La Rosa
Corría por desiertos y colinas enceguecido. La maleza ensuciaba mi vida y las ortigas herían mi ser. Mi camino encontraba destinos, pero no alcanzaba mi fin.
De pronto, ya casi desesperado y escudado sólo por un falso sentimiento, encontré una rosa que apareció como por arte de magia delante de mí. La miré y vi que era de un extraño y precioso multicolor. Sus pétalos, que parecían infinitos, eran soltados por el viento y rozaban levemente mi rostro, dejando un rastro de delicioso aroma. A pesar de esa pérdida de pétalos, ella no cambiaba su figura, su preciosidad no variaba.
Me acerqué para tomarla, pero tuve miedo de que sus espinas me dañaran y me detuve, sin embargo ella con una voz angelical me aclaró que no tenía espinas para mí. La alcé finalmente frente a mi cara y sentí su fragancia con gran placer. Su cercanía era un elixir que sanaba toda mi existencia.
Probé soltarla para ver si flotaba junto a mí, pero en ese momento una ráfaga de viento la alejó de mi lado y se la llevó muy lejos hasta desaparecer. Antes de que se esfumara vi como sacaba sus espinas y me miraba con tristeza.
Me sentí desolado, lamenté enormemente mi decisión de soltarla y lloré amargamente.
La busqué por todos lados y vagué por los mismos lugares que visité antes de verla, más no aparecía. Otras flores salieron a mi camino también, pero no eran lo que buscaba, estas se astillaban dañándome y yo a su vez las hería a ellas sin querer.
Cuando ya creí haberla perdido sin remedio, la dejé de buscar, pero nuevamente, como por arte de magia,

